

Hasta el instante de apartarse eran una sola superficie. El pigmento floreció entre dos bizcochos de cerámica y las piezas hermanas se apartaron. Queda el relieve: un lecho de lago seco visto desde arriba, placas poligonales en torno a una laguna, la orilla que aún guarda el desgarro.
El pozo más oscuro se lo quedó el azulejo A: amarillo de sol tardío entre las algas, quieto en el fondo de una cuenca casi negra, veteado de un azul más fino. El tiempo más claro se lo quedó el B — verde todavía húmedo, llevado en anillos, una laguna de crema y un tajo de cian de glaciar. En el A un lóbulo de verde se alza y no se tiende. En el B un chorro de verde saltó, el agua ya yéndose. Desigual fue el tirón. No el parentesco.
Un mismo estanque recordado dos veces. El mismo país concéntrico, el mismo silencio de clorofila. El blanco del bizcocho es silencio a su alrededor, piedra mojada después de la lluvia. No se completan. La única hermana de cada azulejo es aquella con la que nació.
Dos pozos que fueron un estanque hasta apartarse. Verde todavía húmedo — hoja después de la lluvia, pino en sombra. En una cuenca el amarillo queda como sol de tarde preso en las algas. En la otra, un tajo de cian abre una laguna de crema — agua de glaciar, luz más fría. El relieve es la orilla que dejó el agua. Un chorro. Un lóbulo que no quiso tenderse. Piezas hermanas. Un parentesco. El bizcocho blanco es el silencio que las envolvió.
Hermanas de clorofila — Escuchar



















