

Se separaron en un instante y el calor de aquel cuerpo sigue aquí. Una pulpa carmesí envolvió un azul al que nunca entró: un puerto que reposa a la misma profundidad en las dos piezas hermanas, más frío, cerrado. El relieve es el mapa de ese instante: células, crestas, una costa rasgada en dos. Nada de esto fue elegido.
El azulejo A retuvo la llama. El amarillo aún arde a lo largo de su orilla izquierda; la masa se quedó redonda. El azulejo B es la forma gastada de aquel mismo clima: el oro posado a los pies, un hueco blanco donde el pigmento no supo quedarse, el contorno rasgado y derramado. Sus núcleos azules reposan a la misma profundidad. El campo celular es el parentesco: el mismo desgarro, dos caras.
Alrededor, el bizcocho de tiza es el silencio que entró cuando las hermanas se abrieron. Fueron una sola superficie. Siguen siendo un solo objeto.
Fueron una y luego no. Pulpa el rojo. Puerto el azul, el mismo frío en las dos. Una hermana se quedó con la llama en la orilla izquierda. La otra, el oro corrido y el silencio blanco del pigmento que no se quedó. El relieve es el desgarro entre las dos caras: celular, escamado, una costa que nadie trazó. Alrededor, el bizcocho es la habitación que entró cuando ellas se abrieron.
Puerto y fuego — Escuchar



















