

Eran una sola superficie. Luego el instante las abrió. Las piezas hermanas se quedaron las dos con la noche: un núcleo de barro como carbón que se apaga, cuarteado en celdas, crestas que se tragaron el color. El relieve es el desgarro. Cuencas poligonales, muros alzados, una orilla baja donde el pigmento se quedó en perla y no se fue.
El azulejo A se quedó con el moretón. A la derecha el violeta se abrió, jaspeado de leche, una gota colgando del borde, todavía reuniéndose. El azulejo B se quedó con más noche, más densa en lo alto; desde abajo un hilo de cinabrio húmedo salió de lo oscuro, oro arrastrado — el último calor, la sangre de una piedra herida.
No te recibe la luz. Te recibe el después. Un capullo que ardió antes de nacer. La ruina que humea callada cuando el golpe ya pasó. En torno a las dos caras el bizcocho cerámico es blanco de hueso y no dice nada. El tirón sigue en el barro.
Después del tirón solo quedó lo oscuro y lo que lo oscuro no guardó. Un continente cuarteado — carbón, ceniza, los muros de un campo ya quemado. Una hermana se llevó el moretón: violeta mojado en la perla, una gota que no cae. La otra se llevó el fuego — filo de cinabrio que se escapa, oro en el desgarro, el calor que no murió. Entre ellas, el bizcocho de hueso. El hueco del vertido. Nada nació.



















