

Dos azulejos, piezas hermanas, se separaron una vez. Lo que hizo el pigmento en ese instante es lo que hacen las plumas de loro: llevarse el color todavía encendido. El cobalto se quedó con las dos — un campo azul cuarteado, una isla de oro pálido que ninguna quiso soltar. El resto se rasgó y salió volando. El cadmio y el amarillo eligieron orillas opuestas; el rojo floreció donde se detuvo.
Una de las hermanas se quedó con el fuego más pesado. Un arco espeso de cadmio recorre su derecha; el rojo desgarrado cuelga a la izquierda; un tiempo verdiazul se posa en la orilla de arriba. La otra guardó la luz del día en las grietas, tres monedas amarillo-rojo flotando sobre una isla ahora abierta como un claro, y un rocío amarillo partido a la derecha. El relieve es esa partida hecha visible — lomas, arcos tensos, una superficie emplumada y escamada, las curvas de un vuelo que ocurrió una sola vez.
Puestas una junto a la otra son una órbita abierta. Los núcleos azules se miran a través del hueco. No coinciden. Recuerdan haber sido una sola superficie. Alrededor, el bizcocho antiguo está quieto, tiza y silencio, el aire después de que las plumas se han ido.
Voló el pigmento como vuelan las plumas de loro — el color sigue ardiendo con el ala ya abierta. Dos piezas hermanas. Hasta el desgarro, una sola superficie. En cada una, el cobalto agrietado, la misma isla de oro pálido, el fuego a orillas contrarias. Una se quedó con el arco de cadmio y el rojo rasgado a la izquierda. La otra, con tres monedas de sol y un rocío amarillo a la derecha. El relieve guarda el instante: lomas, arcos tensos, pluma, escama, vuelo. El bizcocho blanco sostiene el silencio de después.
Plumas de loro — Escuchar



















