

Te detienes ante dos orillas que recuerdan haber sido una sola laguna. El Caribe, su agua fresca y atenta. El blanco del bizcocho cerámico es la arena. En el centro de cada azulejo permanece lo mismo: una oscuridad que no eligió lado cuando las caras se apartaron. El relieve a su alrededor está alzado y rasgado, como los bajos de coral cuando baja la marea, y el azul sigue girando como si la corriente no hubiera decidido todavía detenerse.
Una de las hermanas se quedó con el tiempo en marcha. El cobalto parece que aún pudiera correr; una pequeña gota azul queda apartada, y en la orilla de abajo se juntan el verde y un poco de sol. La otra se quedó con la hora de después: un anillo más ceñido de azul eléctrico, hielo posado en el vacío, un fino destello de oro que no viajó. En las dos el verde se asienta abajo, la playa que siempre estuvo ahí.
Son piezas hermanas. Una sola superficie hasta el instante de la separación. Las crestas y las cuencas son ese instante, conservado. Nada en el mundo coincide con ninguna de las dos. Se venden sólo juntas.
Dos orillas de un agua que fue una Lo oscuro no viajó se quedó en las dos El azul todavía gira alzado como el coral después de la marea Una hermana guardó la corriente una gota que se soltó verde abriéndose a la arena La otra guardó la quietud hielo en el vacío oro que no cruzó El bizcocho es la playa Se apartaron una vez el relieve guardó la hora que no podía suceder dos veces
Dos orillas — Escuchar



















