

Eran una sola superficie. Luego, dos. Al apartarse quedó un relieve que casi se prueba en la lengua: carmín desgarrado en celdas, crestas de leche que lo sujetan, un brote cuarteado sobre el bizcocho frío. No hay peso. Hay el vértigo del amor de entonces, brillante y que se derrite, un poco mareado, con sabor a nostalgia y el pecho que zumba.
El azulejo A se quedó el juego. Cochinilla y nata florecen en el campo, cuencas, crestas blancas, y hacia el blanco quieto aún cuelga un rocío de corazoncitos rojos. No adornan. El tirón los lanzó a los márgenes: pequeños, con textura, espontáneos, como notas al filo de una carta. Abajo a la izquierda falta un fragmento. A la derecha reposa un lóbulo oscuro.
El azulejo B, la hermana más densa, se quedó el núcleo de carmín oscuro, el charco espeso en lo alto, y una gota que desde abajo todavía se va. El blanco se agrieta en torno al rojo como azúcar que no pierde la forma. Coinciden las cuencas. Coinciden los bordes del rojo a la leche. Era un cuerpo. Ninguna de las dos está entera. Ante las piezas hermanas el centro es un baño de cariño azucarado; los bordes guardan las confesiones calladas. Aparte no tendrían sentido.
Eran una sola cara hasta que la dulzura rasgó. El carmín eligió sus celdas. La leche se alzó en crestas. El relieve sigue tibio — algodón de azúcar, un caramelo estirado en dos. Una hermana lanzó corazones al bizcocho frío, minúsculos, rojos, no pedidos, brotando en los márgenes. La otra guardó el núcleo, el charco en lo alto, una gota que no se ha ido. Entre ellas, el ímpetu: cariño azucarado en el centro, notas calladas en los bordes. Aparte no tendrían sentido.
Dulce amor — Escuchar



















